Hoy, al cumplirse 59 años de la Masacre de San Juan, vuelven a mi memoria muchos relatos escuchados de amigos, compañeros de misión y testigos de aquellos días oscuros que marcaron profundamente la historia de Bolivia.
Yo no conocía este episodio hasta que la historia y los testimonios de quienes lo vivieron me permitieron acercarme a esa dolorosa realidad. Entre ellos, uno de los relatos más impactantes fue el del padre Gregorio Iriarte, quien en aquellos años dirigía Radio Pío XII. Con frecuencia compartía su experiencia dura y cruda como testigo de la masacre. Lo que más le impresionaba era que las principales víctimas no fueron únicamente los mineros, sino también la población civil. En la madrugada de aquel 24 de junio de 1967, los militares irrumpieron en los campamentos y sembraron muerte y dolor entre hombres, mujeres y niños indefensos.
Durante mis primeros años en Radio Pío XII tuve la oportunidad de ingresar a la cintateca y escuchar grabaciones históricas que conservan la memoria viva de aquellos acontecimientos. Entre los documentos más conmovedores estaban los testimonios de vecinos, pobladores y trabajadores mineros de Siglo XX. Sus voces, cargadas de sufrimiento y dignidad, revelaban heridas que el tiempo no ha podido borrar. Son recuerdos que permanecen vivos en la memoria colectiva de nuestro pueblo.
La historia nos enseña que detrás de aquella tragedia existieron diversos factores políticos y sociales. El gobierno de René Barrientos no tuvo reparos en recurrir a la fuerza militar para acallar las demandas populares. La represión dejó profundas huellas de dolor que hoy forman parte de nuestra memoria histórica y nos interpelan como sociedad.
Muchas veces escuché decir: “Nunca más”. Sin embargo, desde mi llegada a Radio Pío XII también he sido testigo de otras masacres, actos de violencia y vulneraciones de derechos contra mineros, campesinos y sectores populares. Por eso, recordar la Masacre de San Juan no debe ser un simple ejercicio de memoria; debe convertirse en un compromiso permanente para no repetir los errores del pasado.
Estamos llamados a ser constructores de paz. Pero la paz verdadera no nace de la indiferencia ni del silencio frente a la injusticia. La paz exige verdad, justicia y respeto a la dignidad humana. Cada día debemos trabajar para construir una sociedad donde los derechos sean respetados y donde nadie tenga que sufrir la violencia como forma de respuesta a sus demandas.
La memoria está presente, pero todavía necesitamos fortalecer nuestro compromiso con las nuevas generaciones. Los jóvenes deben conocer la historia de Bolivia, comprender los sacrificios y luchas que hicieron posible la democracia que hoy disfrutamos. La libertad y la convivencia democrática son frutos de años de esfuerzo, dolor y esperanza; por ello no podemos considerarlas conquistas definitivas ni negociarlas con ligereza.
Nadie debe convertirse en promotor de la violencia. El camino sigue siendo el diálogo, la justicia y la búsqueda sincera de la paz.
En este día de memoria y reflexión, mi recuerdo agradecido al padre Gregorio Iriarte, mi gran maestro, cuya voz y testimonio continúan iluminando nuestro compromiso con la verdad, la justicia y la esperanza.
